Mi entorno sonoro. Javier García Hualde.

Despertar, siempre entre gritos, alarmas de sonido estridente y portazos. No puedo soportar esos ruidos molestos al levantarme, me amargan el día. A partir de ese momento, la música se convierte en mi pequeño refugio una vez comienza la mañana. Cada día es diferente a su manera pero casi siempre hay una canción que encaja a la perfección en las situaciones que vivo. Hay jornadas en las que despiertas enfadado, ya sea porque tienes sueño o porque no te apetece presentar el trabajo que te han mandado para clase. Esos días comienzan con los primeros acordes de guitarra de St. Anger, del álbum homónimo de Metallica. Otras veces uno se levanta de mejor humor, entonces es posible que sea Bruce Springsteen el encargado de darme los buenos días con Working on a Dream o Waitin’ on a Sunny Day.

Madrid, los coches, el Cercanías, ruido, ruido y más ruido. La musiquita de RENFE y la voz que anuncia la próxima parada, ¿alguien se ha fijado en que su acento en inglés no es del todo bueno? Yo igual, con los cascos puestos escuchando música, con el modo aleatorio puesto. Grupos como Blind Guardian, System of a Down, Manowar, Iron Maiden, Alter Bridge o Dio se juntan con músicos que nada tienen que ver con ellos como Enya, Bunbury, Frank Sinatra, Iggy Pop, Johnny Cash y muchos otros.

Llegas a clase, gente hablando, profesores y alumnos. En muchos casos no dicen nada que merezca la pena escuchar, en otros, sin embargo, una clase de hora y media puede cambiar tu manera de ver el mundo. Siempre hay ruido de fondo, los coches fuera del edificio, los susurros de los alumnos… en realidad da igual lo que sea, porque vivimos rodeados de ruido, tanto que hemos aprendido a ignorarlo.

Cuando vuelves a casa los sonidos cotidianos te invaden: las ollas en la cocina, el telediario de fondo, acompañando como si la televisión fuera un comensal más en la mesa, los balbuceos de los vecinos, los cuales he desistido ya en intentar comprender o la cafetera, que anuncia el final de la comida y el comienzo de la sobremesa, en la que nunca falta Saber y Ganar, una vez más, de fondo.

Pasa la tarde, y me acompañan mi guitarra (mis guitarras, en realidad, porque me gusta tanto tocar que me es imposible conformarme con una) en la que he tocado mil melodías y con la que me gustaría tocar mil más, alguna serie, siempre con sus sintonías, algunas tan cortas como épicas, como la de Breaking Bad y otras graciosas, de esas que las cantas según suenan, como la de South Park e incluso videojuegos con bandas sonoras que te hacen entrar en una aventura épica con sólo escuchar las primeras notas (cualquier “friki” que haya jugado a Skyrim lo puede confirmar).

Con la noche llega aún más música, a veces más tranquila, a veces esa clase de canciones que te motivan para afrontar el día siguiente. Una balada de Scorpions, un concierto de los Foo Fighters, el power-metal de Nightwish o el glam-rock de The Darkness son la banda sonora de muchas de mis noches.

Por último, antes de dormir, me gusta poner la radio. Ya sean las tertulias de RNE o Rock FM ya sólo con música y sin locutor alguno, la radio hace mucha compañía antes de irse a dormir. Llega el momento de acostarse, la radio suena un rato más y luego, por fin, se hace el silencio.cropped-734141_4989707470744_1461474445_n.jpg

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