Mi entorno sonoro. Raúl Escudero

¡No puede ser! ¡Otra vez no!

Como cada domingo, mi madre se ha despertado a las 9 de la mañana dispuesta a pasar la aspiradora y acabar con todo sueño placentero que encuentre a su paso. Es difícil describirlo, pero un sonido penetrante y continuo se hace con tus oídos y se atreve a decirte que ya no estás soñando, que es domingo y que más te vale marcharte de casa y hacer algo productivo. ¡No aguanto más ese maldito ruido! ¡Mamá, me voy!

Marcho al gimnasio. Si por mi fuera, todavía estaría acurrucado entre mis sábanas, pero qué remedio. Mis pies suenan fuerte contra el suelo. Me gusta ir corriendo al gimnasio, así siento que hago más ejercicio. Zancada a zancada, parece que retumba todo lo que dejo a mi paso. Según avanzo se acerca una ambulancia, pero rápido se vuelve a alejar. No logro verla, pero el sonido es inconfundible. Es raro. Cuando se acerca suena de una forma, y a medida que se aleja, suena de otra manera distinta. Creo recordar que eso tenía un nombre. ¿Cómo era?… ¡Ah, sí! ¡Efecto Doppler! No sé muy bien por qué se produce ese cambio, aunque resulta curioso. Lo aprendí viendo una peli de Jim Jarmusch si no recuerdo mal.

¡Buenos días Carmen! (Acostumbro a ser simpático con la monitora para que luego no me haga sufrir mucho con los ejercicios). Ella me saluda tímidamente con la mano, porque no deja de sonar el teléfono y tiene que atender a todas las llamadas. Pongo mi huella dactilar en la máquina situada en la entrada, y un pitido corto y agudo acompañado de una luz verde me indica que ya puedo pasar.

Dentro del gimnasio, puedo escuchar toda una sinfonía de ruidos. Es imposible estar en silencio. Poca gente conversa, pero aún así, el sonido de las máquinas, las pesas, la gente que corre en la cinta y, en general, el trajín de todo aquello, se apodera de la sala. En cierto modo me gusta contribuir a todo ese ruido, porque eso significa que me estoy esforzando y no voy sólo a pasearme.

Cuando me aburro, saco los cascos del bolsillo y los enchufo al móvil. Es entonces cuando empieza a sonar Money de los Pink Floyd, y me animo a dar un poco más de lo que normalmente puedo. La gente parece coordinarse y hacer sus ejercicios al son de la música, pero eso son solo imaginaciones mías porque ellos no pueden oírlo.

Por fin de vuelta en casa. Mis padres saben que he llegado por el golpe de la puerta al cerrar. Yo se que ellos están en en salón porque oigo la tele encendida. Creo intuir la sintonía de inicio de Los Simpson. ¡Me encanta esa serie!, pero antes de sentarme a verla voy a pasarme por la cocina a ver que se cuece. Mmm… parece que voy a comer macarrones. Esta vez he tenido suerte. El agua ya está hirviendo, oigo el sonido burbujeante. Es hora de echarlos al cazo.

Cualquier tema de conversación es válido en la comida. Mientras mi familia habla de cosas banales, yo hago oídos sordos y me obsesiono con el chirrido del tenedor contra el plato. ¡Me da mucha grima! Se lo aviso a mi hermana: Raquel, ¿te importaría hacer menos ruido mientras comes?

Con el estómago lleno, me voy directo a mi habitación, y me meto en la cama. Es la hora de la siesta. ¡Por fin puedo dormir lo que no he podido esta mañana!

El silencio se apodera de mí. Entro en una especie de trance del que no quiero salir. Creo que me he merecido un par de horas de sueño.

Cuando ya estoy a punto de dormirme, un martilleo que viene de la casa de al lado me saca de mi estado de relajación, y me vuelve a poner los pelos de punta.

¡NO PUEDE SER! ¡OTRA VEZ NO!

Efectivamente, los vecinos están de obras. Parece que los astros se han alineado en mi contra.

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