Mi entorno sonoro. Mari Carmen García-Abadillo

Somos lo que escuchamos

Y lo que vemos, tocamos, comemos, queremos, odiamos… En definitiva, somos lo que sentimos. Pero sin embargo, para muchos el sentido del oído es uno de los grandes olvidados, sin que seamos conscientes del trabajo que realiza a lo largo del día, con dos receptores siempre abiertos, funcionando las veinticuatro horas.

Normalmente lo primero que escucho cuando me despierto, o mejor dicho, el sonido que me hace despertar es el sonido de la alarma de mi móvil. Una melodía basada en un tintineo suave que ha conseguido convertirse en el único tono que no aborrezco tras fijarlo como despertador. Supongo que es difícil coger cariño a un estímulo que rompe de golpe tu placentero sueño, ¡con lo agradable que sería abrir los ojos a la hora de mediodía al percibir el canto de unos pajaritos! (aunque dudo que sea factible escucharlos a tan altas horas de la mañana).

Mientras se reproduce el mencionado soniquete, oigo el roce de las sábanas con mi cuerpo al moverme, y al apagarlo, escucho mi primera respiración profunda, la que me hace consciente de que comienza un nuevo día, muchas veces acompañada de un ruidito que se podría calificar como una mezcla de bostezo, gemido y/o gruñido que denota cierta resignación.

Una vez que pongo los pies en el suelo y me levanto, se suceden toda una serie de sonidos cotidianos: de pasos (míos o de mis compañeras de piso), el <<roooom-room>> de la persiana subiéndose (para mí el primer sonido brusco de la jornada y que se traduce en un “¡venga, a espabilarse!”, a falta del de mamá) y después puertas, grifos, vasos, platos, el microondas (preparación de café = preparación del día). Después de escuchar el frote entre los dientes y el cepillo, los botes del aseo, el armario, cuando todo está listo, se oye el “tilín” de unas llaves y una puerta cerrándose (que no se siente igual sin un “¡Chao! ¡que tengas un buen día!”. Definitivamente comienza la aventura. A partir de aquí el ambiente sonoro cambia radicalmente y aparecen en escena el ajetreo de los coches, la gente pasando, los establecimientos abriendo.

Cuando vamos por la calle oímos decenas de voces, unas más intensas y otras menos, a las que no prestamos atención, pero es curioso como prácticamente un susurro de una persona familiar a una distancia razonable, provoca inmediatamente nuestro giro hacia ella. O cómo puede afectar el ambiente de un lugar según el estado de ánimo, como la cafetería, provocándome sensación de agobio unos días o inyectándome energía otros.

Al volver a casa atravieso exactamente las mismas calles. El sonido no se parece en nada al de por la mañana. Es la hora de comer y todo está mucho más tranquilo.

Con la ducha llega el momento de la música. Normalmente me gusta relajada, aunque depende de mi estado de ánimo y supongo que, como a la mayoría, es capaz de modificarlo radicalmente. Demasiadas veces me absorbe. Tardo muchísimo más tiempo cuando me ducho con música que cuando lo hago sin ella.

Me gusta dedicar el 100% de mi capacidad auditiva y emotiva a lo que estoy escuchando. Cuando estoy ocupada intento buscar siempre entornos sonoros relajados, sin ruidos fuertes, ni molestos, y a los que esté prestando atención. No me gusta poner la televisión o la radio “por oír algo”. Prefiero escuchar a oír.

En muchas ocasiones he tenido que cambiar el reloj de pared de una habitación a otra. Ese <<tic-tac>> solo aparece cuando tengo mucho que estudiar.

Los olores, los sabores o las escenas pueden hacernos recordar personas y momentos. Lo mismo pasa con los sonidos. Si a la hora de la cena me pongo a escuchar la televisión mientras alguien está cocinando, no puedo evitar imaginar a mi madre preparándola.

Por fin llega la hora de dormir, pero el sonido, al igual que el tiempo, nunca se detiene y, como siempre, caeré rendida acompañada de ese compás de mi reloj de muñeca que he dejado en la mesita de noche, o del ritmo de la caldera, las tuberías, los crujidos de las paredes, o esos ruidos cuya procedencia no adivinamos a menudo, pero que de vez en cuando aparecen para asustarnos cual espíritu que te cubre las espaldas allá donde vas.

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